20 sept. 2012

UN PEQUEÑO E INOCENTE DIBUJO


                                                 II

Una noche, en nuestra “rancha” oscura , alumbrados por la luz de la vela, mi hermana mayor hacía un dibujo y lo pintaba con lápices de colores.
 Era la figura de una adolescente que apoyada en el enrejado miraba hacia el campo...
Lo pintaba con mucha prolijidad y yo observaba en silencio el cuaderno cuadriculado. Lo encontré lindísimo y vi como lo coloreaba y le daba forma, era mágico como unos colores y una figura de una niña transformaba el papel amarillento y la luz de la vela alumbraba la escena.
Uno de esos días, yo hice uno igual y descubrí sin mayor sorpresa que podía dibujar, que era muy fácil dibujar, que todo lo que había, yo lo podía dibujar.
La lámina de mi hermana sólo era el código, la clave para que descubriera lo que podía hacer un lápiz.
Vivíamos en el campo enfrente de un inmenso potrero verde, por lo tanto mis dibujos eran sobre el campo y sus paisajes, páginas y páginas  de caballos y jinetes, terneros, perros, pájaros, mariposas, flores y aves, todo lo que había en el campo y por supuesto campesinos, inquilinos y  hombres trabajando.
Dibujaba la pobreza.
Nuestra infancia fue muy triste, muy pobre, muy marginal, cada día inventando la felicidad con lo que había a nuestro alcance...
Cuando falleció mi padre, hace unos años, yo leí un extenso poema que se llamaba "íntimamente a mis hermanos ", se iniciaba así:

“La casa de mi infancia no tenía espejos ni cristales,
a la vera del camino, la casa paterna no tenía brillos....”

Es un larguísimo poema que entre lágrimas y sollozos logré terminar ante el silencio de toda mi familia y de toda la gente que nos acompañaba.
No quedaba ninguna duda de nuestra pobreza, y todos mis amigos escucharon aquello. El estigma de un pobre.
Era el momento de decirle a nuestro padre:
Éramos los más pobres del mundo pero no era tu culpa...Por eso, desde ese día yo quedé en paz con él y no tuve nada pendiente
Lo despedimos emocionadamente y en el secreto de la noche yo vacié todas mis lágrimas.
Con toda la dignidad del mundo mis hermanas compraron el más caro de los ataúdes y nos vestimos de fiesta, todos  vestidos elegantemente, porque eso es lo yo les pedí a mis hermanos...
Seurat


Y el don que la divinidad me regalaba era la facilidad para el dibujo.
Gracias a esta condición que descubrí en las tareas de mi hermana, a esta facilidad para el dibujo, un día llegué a la capital recomendado por mi profesor.
 Se trataba de una Escuela de artes , un colegio artístico,.
Me sentaron en la oficina de la Directora cuyo nombre era Florencia, y allí un profesor, al parecer de arte,  me pidió que yo dibujara algo.
Lo más probable es que mi apariencia y mi lenguaje les provocaran algo de risa.
La mayor de mis hermanas que me acompañaba, no abrió la boca y simplemente, tal vez muy nerviosa, esperó
Con el lápiz grafito hice el dibujo de una escena cotidiana del campo con árboles, campesinos y animales.
El contexto de lo que a diario yo vivía.
En menos de una hora, estaba matriculado en la Escuela Experimental de Educación Artística en una vieja casona de la calle Agustinas.

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